VÍCTOR ROLANDO CENTENO: ORGULLO DE LA FUSTA PERUANA


Cuando Víctor Rolando Centeno, llegó a Buenos Aires en los primeros meses de 1969, ya el filete se había impuesto en la hípica argentina. Centeno fue integrante de la promoción 1965, que tuvo entre otras figuras a Fernando Valdizan, Luis Alzamora y Manuel Rivera. Debutó en Monterrico un 4 de abril de 1965 con el caballo Pepe, y tuvo como fiel maestro al destacado jinete y hoy preparador, Arturo Morales con el apoyo de su padre, el preparador José Morales, quién en ese entonces, tenía a toda la poderosa caballada de La Cabaña, del distinguido turfman Claudio Fernández Concha.

Centeno logró el ansiado doctorado un año y medio después de su debut, con el caballo Toronjil.

Ya en la Argentina, Eduardo Jara, un maestro de la fusta chilena,  ya había dejado atrás a una distinguida y brillante escuela de freneros argentinos que encabezaba un jinete que fue mito en toda Sudamérica como lo fue Irineo Leguizamo.

Y al lado del recordado jinete, estaban los nombres de los hermanos Ciaffardini, de Oscar Nardi, de Aníbal Etchart, de Orestes Cosenza y de otros grandes látigos, que daban cátedra semana a semana.

Pero por aquella época, el filete estaba cada vez más en “boga”. Porque Jara se ganaba las estadísticas y porque Adolfo Sánchez Cáceda, un estupendo y brillante jinete peruano, del que nadie habla hace muchísimo tiempo, ya había ganado el “Carlos A. Pellegrini” con Charolais, en noviembre de 1964.

Y Juan Camoretti, también peruano, con muchas ganas y gran estado físico, pero sin mucho estilo, según cuentan los especialistas, se había ganado la triple Corona argentina con Gobernado.

Llegaba otro grande y conocido nuestro, como Carlos Pezoa de Chile y Vilmar Sanguinetti con su peculiar estilo, de freno – filete, de Montevideo. Y en la Plata, otro conocido nuestro y un fenómeno como “el negro” Luis Alberto Díaz, quien no tenía permiso para correr en Palermo y en San Isidro.

Nos cuentan nuestros amigos argentinos y chilenos, que a Pezoa le costó muchísimo obtener el permiso y de hecho, a Víctor Centeno no se lo dieron. El tenía que circunscribirse a La Plata y allí fue llevado por un propietario peruano que radicaba en la argentina como lo fue Julio Pope, propietario del stud Lima en tierras gauchas y del stud Buenos Aires en el Perú.

Pues bien, a fines de 1969, Centeno fue líder, sacándole sólo una carrera a Díaz en la última reunión. Y ya en noviembre de ese año, lo vimos correr el "Carlos A. Pellegrini" que ganó Practicante, el célebre hijo de Pronto con Jara en sus estribos. La yegua de Centeno triplica, figuró en el cuarto lugar.

En 1970, ya le permitieron correr en los hipódromos de Palermo y San Isidro y en noviembre de ese año, Snow Figure, una juvenil de tres años, hija de Snow Cat que se había quedado sin jinete, y se la dieron al “chato”, ya lo llamaban así en los hipódromos centrales porteños.

Snow Figure tomó la punta y se ganó de un viaje aquel "Carlos A. Pellegrini" de San Isidro, sobre Farm, una de las primeras hijas de aquella famosa yegua Fallow, que fue guiada por otro peruano, Juan Camoretti.

UNA ESTUPENDA ÉPOCA

A partir de ese momento, la figura de Centeno, allá lo llamaban por su primer nombre, Víctor, fue sinónimo de éxito. Joven, trabajador, de buen criterio y con un estilo de jinete de primera, comenzó a correrle a los preparadores grandes y a La Doma y también a La Quebrada.

Con Inmaculada y Mucho Sol que era hija de Minera y de una hija de Datour que se llamaba Dainty, llegaron las Pollas de Potrancas y de Potrillos, y luego con Juan Carlos Etchechoury, una serie impresionante de de victorias incluida una campeona que se llamó Dulcia, que se ganó todos los clásicos y que fue ganadora internacional de Brasil.

Don José Fregonesse le dio a sus mejores caballos, y La Quebrada lo contrató como su primer jinete. Dos Nombres recordamos del stud, por el cual corrió otro grande de nuestra fusta como lo es Jacinto Rafael Herrera. Clear Sun, un hijo de Solazo, gran velocista que era de 0’54” en Palermo y de 1’11” los 1100 de esa misma pista, con el que vino al internacional de Monterrico del 74 y le ganó largamente a nuestra triple campeona internacional como lo fue Flor de Loto. Pero también lo hizo con otros caballos argentinos en el exterior, como Sabinal en el Brasil.

Para redondear aquella estupenda época de la hípica gaucha, en ese mismo 1974 en San Isidro, protagoniza un triple empate, con las yeguas Anabil con Eduardo Jara, Nirvana con Julio Fajardo (un uruguayo de polendas) y Precaución con Centeno, en un final que será recordado por mucho tiempo. Una auténtica “Puesta de Tres”.

Y en el 75, fue líder de la estadística, en el que fue su año estelar en Buenos Aires. En el 77 hizo una escala a California, de donde regresó para seguir siendo figura.

Otra destacada época, ya en los años 80’s, aconteció con la yegua Málaga, una linda alazana con quien se impuso en la "Copa de Plata" de San Isidro. Centeno no bajó del tercer lugar en las estadísticas hasta 1983.

Hubo años, desde el 79, que Centeno fue jinete de Ojos de Agua y junto con Luis Ferro, ganaron muchos clásicos, con caballos que eran sin duda muy corredores. Centeno también condujo a la yegua Vacación, apodada “la reina de la recta”, con quien ganó 14 competencias. Es por todas las satisfacciones que les trajo a sus propietarios que crean el prestigioso “Haras Vacación”, en honor a esta noble hija de Voodoo.

Hubo un “Dardo Rocha” internacional en La Plata, cuando Frari dio un campanazo espectacular en una de las mejores carreras que se le pudo ver, según la prensa especializada de la Argentina, en 12 años de éxito en Buenos Aires. O con Gianconda, la madre del que fue padrillo en nuestro país Good Command, en un grupo I de Palermo.

Faltaron aún Sake y Anmad, también ganadores internacionales que se encuentran entre los mejores que guió este destacado jinete que además tuvo hinchada de las buenas, y gente que lo gritó muchísimas veces en los finales, especialmente en San Isidro, que el “chato” con todo el respeto del mundo, claro está, dominó a plenitud.

 Un grande de nuestra fusta, que bien merece el recuerdo y reconocimiento. Una eterna gratitud,  de haber dejado en un pedestal muy alto el nombre de la escuela peruana y “dibujar”  con un pincel, carreras memorables que las transformó en obras de arte, en una de las épocas más gloriosas del turf Argentino.